Te levantas, haces lo de siempre, llegas a la noche y sientes que el día se ha esfumado. Después una semana, un mes, un año. El piloto automático es cómodo, pero te roba la vida sin que te des cuenta. No es que te pase a ti: es cómo funciona el cerebro cuando todo es rutina y prisa. La buena noticia es que se puede salir.
